MONTERREY, NL.- "Bautista, toma mi camiseta para tu competencia, la acabo de usar, pero es peor no tenerla".
Esa frase de José Cartas, un mexicano que había sido eliminado de los 400 metros con vallas y regresaba a la Villa Olímpica, fue el inicio de un sueño que un día después, el 23 de julio de 1976, se hizo realidad al ganar una medalla de oro en Juegos Olímpicos.
Pocos saben que el día previo a los 20 kilómetros en caminata mi uniforme no había llegado a Montreal y tuvimos que improvisar con una playera roja que me prestó Cartas.
Fue un gran gesto porque yo no traía ropa apropiada, bueno, ni los zapatos deportivos eran nuevos, mis zapatos estaban viejos, usados y, además, sucios por mi entrenamiento.
EN SUS MARCAS, LISTOS...
Salimos del estadio para correr el circuito establecido en el jardín botánico. Estábamos juntos Raúl González, Domingo Colín y yo. Siempre fuimos seis, los tres alemanes y los tres mexicanos.
En el kilómetro 6, González perdió la punta y en el 12 descalificaron a Colín por una supuesta falta. Me quedé solo al paso, sin mis compañeros, me vi obligado a resolver todos los ataques de los alemanes.
Recuerdo que uno de ellos tiraba punta y los otros se quedaban atrás para no agotarse, pero yo los seguía y respondía avanzando, luego entre los tres alemanes se alternaron la punta, eran muy inteligentes, muy hábiles, con gran condición física, gran destreza técnica y experiencia.
Yo siempre sostuve mi ventaja, no me quedé relegado y sabía que ellos no podrían dominarme ni un segundo. Los alemanes tomaban las esponjas mojadas para refrescarse y darse aliento ante ese calor severo.
El alemán Karl-Heinz Stadtmüller se quedó en el kilómetro 15 y en el 17 se detuvo Peter Frenkel, mientras que Hans-Georg Reimann y yo continuábamos la competencia.
Antes de entrar al estadio, volteé rápidamente para ver a qué distancia estaba, sin duda su capacidad estaba acabada, me vi solo y me dispuse a saborear una entrada solitaria tan espectacular como inolvidable.
En la entrada del Estadio Olímpico, faltando sólo 2 kilómetros, di una vuelta final al estadio.
Mi alegría me empujaba, mis piernas volaban, no tenía cansancio, mi cuerpo entero estallaba de alegría porque sabía que había hecho realidad mi sueño.
Había un desnivel al cual debía bajar antes de entrar al recinto que estallaba en gritos vitoreando: ¡"México, Bautista, Daniel, México, México, México!".
Esos gritos se sellaron en mi alma, ésa fue mi gran medalla. Se televisaba mi entrada y sabía que el mundo escucharía el Himno Nacional de México.
Finalizaba la carrera, no sentía calor, ni sed, ni cansancio, sólo una emoción gigantesca que electrizaba mis piernas, que seguían con mis zapatos ya deshechos y mi camisa prestada bañada en sudor.
Concluí la vuelta de gloria y hasta entonces entraron los alemanes en segundo y tercer lugar. Yo veía al estadio saltando de alegría, ondeando banderas, saludándome, vi los ojos de orgullo y felicidad entre compatriotas y extranjeros que al unísono me aplaudían.
Alguien me aventó un sombrero charro que con orgullo me puse para enseñar al mundo que México, meritoriamente, se llevaba el oro y así comenzaría mi legado para la juventud mexicana.
