La sonrisa rutilante de Don Beto apoca la miseria que le rodea. Empieza su jornada a las cinco de la mañana y termina cuando su cuerpo se agota.
Tiene 84 años pero no se está quieto. Camina de un lado a otro dentro de la diminuta panadería que montó en uno de los cuartos de vecindad que renta.
En este espacio de tres por tres acomodó una mesa de trabajo, un estante y tres estufas para hornear las roscas.
“Hoy sí han tardado en levantar por el frío (...) Vendo roscas por la temporada, en noviembre hago pan de muerto y durante todo el año pan dulce”. Cuenta que fue panadero de la Vasconia pero se fue a la ciudad de México, si no, “sólo iba a saber hacer bolillos”. Regresó a Oaxaca en la década de los ochenta y desde entonces vende pan con su triciclo por las calles de Santa Lucía del Camino.
--¿A cómo da cada rosca?
--Son a cuarenta pesos (…) tampoco quiero hacerme rico. No más con que saquemos un poquito, ya la hicimos.
Habla poco y escucha menos por un problema de audición. Sus manos tiemblan pero no se marchitan, se cansa pero no se rinde, la sufre pero sonríe.
Las desgracia parece haberse ensañado en el ocaso de la vida de este panadero quien sufrió un accidente en bicicleta hace cinco meses de que aún tiene secuelas y arrastra una pierna. Además, hace un año le amputaron un pie a su esposa quien fue atropellada por un camión.
“Nos dieron cien mil pesos, pero todo se nos fue en las curaciones, el abogado y los pasajes al juzgado”, cuenta con desgano el anciano que sólo encoje los hombre como resignado a la desgracia.
La esposa del panadero está sentada en el claroscuro en la orilla de la entrada del cuartucho contiguo al taller de su marido donde vive.
La mujer luce demacrada pero con el semblante amable. Está anquilosada en la silla de ruedas en las que pasará sus últimos años que si bien estarán alejados de los lujos, el cariño de don Beto la abraza aunque sea de lejitos, porque en su vejez tienen prohibido descansar.
