A mi madre, en su cumpleaños.
Desde niños nos educan a respetar el mes patrio en el entendido del lema nacional forjado en la guerra de independencia: “Mi patria es primero”. Dejando de lado la familia y la vida misma, la patria llama a cada uno de nosotros y en septiembre todos nos sentimos “más mexicanos que nunca”, y al grito de “Viva México” celebramos a los héroes que nos dieron “Patria y Libertad”. Sin embargo, para gracia o desgracia, la realidad del México actual dista mucho de ser algo digno de conmemorar.
En los años previos al fatídico 16 de septiembre de 1810, ya habían ocurrido diversos movimientos guerrilleros que agudizaban los ánimos de libertad y los sueños de una nación libre del dominio español. Treinta y cuatro años antes, las trece colonias del norte habían declarado formalmente su independencia de Inglaterra, y en el virreinato de la Nueva España los ánimos se encontraban cargados de descontento hacia la invasión de Napoleón III y la imposición de su hermano José Bonaparte (Pepe Botella) como mandamás en la Antigua España y sus colonias; así, al grito de “Viva Fernando VII, Muera el mal gobierno” comenzó la lucha por la independencia nacional.
El llamado de insurrección llevado a cabo por don Miguel Hidalgo, cobra sentido dentro del contexto histórico en el que se desenvuelve. Las invasiones napoleónicas dividieron las opiniones sobre el destino que debería llegar a la Nueva España: algunos se inclinaban por el inicio de una patria libre, nueva, formada en fundamentos de libertad y justicia; otros opinaban que todo siguiera igual, con mínimos cambios administrativos, pero con continuidad de privilegios para ciertos sectores.
Lo cierto es que los preocupados por el futuro nunca consideraron al más grande grueso de a la población, quienes carecían de voz: los oprimidos, apagados, aquellos que carecían de las más mínimas opciones de crecimiento personal y estaban condenados al abandono, al olvido, tal como viven todavía muchos miles de mexicanos.
Las historias patrias son vastas en septiembre: la toma del Castillo de Chapultepec por parte del Ejército norteamericano (en una de sus tantísimas intervenciones a suelo nacional) y la defensa por parte del pequeño grupo de cadetes que habitaban en el Colegio Militar ha apasionado a los historiadores patrios, si bien nunca ha estado exento de polémicas.
La “gesta heroica” que recae sobre seis nobles cadetes, es un simbolismo utilizado para fomentar el patriotismo y el amor a la patria a través del sacrificio, además de recordarnos a todos aquellos jóvenes cadetes que, sin estar preparados ni mental, ni militarmente aún, se apresuraron a dar su vida para la salvaguarda de la patria; había que preguntarle a Miguel Miramón su opinión al respecto.
Septiembre marca también el triunfo de la patria, con la entrada del equinoccio de otoño, el Ejército Trigarante marcha (ya desde entonces se tiene tan sana costumbre) en la capital del país, poniendo fin a la lucha por la independencia y con ello el surgimiento del Primer Imperio Mexicano. A partir de ahí, comienza otra serie de guerras e invasiones que solo concluirán varias décadas después bajo el lema de “Paz, Orden y Progreso”.
