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El viaje al Mictlán por la Verde Antequera

Foto(s): Cortesía
Citlalli López Velázquez

Caminos de cempasúchil guían hacia el Mictlán, universo paralelo en donde una jardinera de la Alameda es un camposanto y los diablos, catrinas y calacas se asoman por los balcones del Andador Turístico de la Verde Antequera.


Es la fiesta por excelencia en Oaxaca, aquella que convoca a perderse en el aroma de incienso y cresta de gallo, esfumarse en el vaho de una taza de chocolate, perderse en el sabor del pan de muerto y el mole estrellado con ajonjolí.


El portal de convivencia entre vivos y muertos quedó abierto; juntos bajan de la mano sobre la Calzada de los Muertos desde donde se mira un cielo salpicado de flores que danzan con el viento.


Calacas de ojos rasgados y cabellos rubios se suman a la celebración, aquellas que llegaron de China o Estados Unidos, quienes se desvanecen entre los vaivenes del día a día de los comerciantes que ofrecen sus artesanías, dulces típicos o aguas frescas.


De día lucen acalorados bajo el maquillaje y la corona de flores que simula calaveritas de azúcar. Atado a una correa un perrito Xoloixcuintle de huesitos pintados al cuerpo hace la diversión de los niños que corretean disfrutando la festividad.



FOTO: Mario Jiménez

 


La ciudad es una fiesta multicolor envuelta en papel picado que revolotea al compás de las canciones que evocan las festividades de muertos. Las notas del Dios Nuca Muere retumban al mediodía detrás de la bocina de la radio. El ambiente se vuelve solemne y ceremonioso para recordar que, aunque todo muera, queda un consuelo.


Para el turismo que arriba por primera vez a Oaxaca el asombro se nota desde lejos. Los ojos van de un lado a otro admirando cada detalle y cada trazo de la tradición oaxaqueña.


“Teníamos una pequeña idea de cómo sería Oaxaca pero lo que vemos ha superado todas nuestras expectativas”, asegura una turista que no para de tomar fotografías.


Los panteones también se engalanan. Xochimilco por segundo año consecutivo es el principal anfitrión por los daños que aún son evidentes en el Panteón General o San Miguel.


Flores de muerto cuelgan de los árboles como en cortinas amarillas que pintan un paisaje deslumbrante. Los habitantes del barrio antiguo disfrutan sus fiestas, se dejan llevar por la tradición que invita a disfrazarse, bailar y recitar calaveritas literarias.


Mientras que el sol va cayendo, más y más personas se suman al festejo. Las calles se encienden a media luz para entrar al juego de sombras que evoca el Mictlán, el fascinante inframundo mexicano.


De acuerdo con las creencias, el camino a este recinto es largo y peligroso. Establecido en nueve niveles verticales y descendientes, era transitado por igual nobles y plebeyos.


Se creía que el viaje duraba cuatro años y que, al llegar a Mictlán luego de haber superado todos los obstáculos, el alma del difunto era recibida por Mictlantecuhtli y Mictlancihuatl, las deidades del inframundo, quienes le anunciaban el final de sus pesares: “Han terminado tus penas, vete pues a dormir tu sueño mortal”.

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