Pasar al contenido principal

Entre el derecho a protestar y el derecho de terceros

Cartón de Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Las movilizaciones sociales forman parte esencial de cualquier sistema democrático. El derecho a manifestarse, protestar y exigir respuestas a las autoridades no solo está protegido por la Constitución, sino que históricamente ha sido una herramienta legítima para visibilizar injusticias, exigir derechos laborales y presionar cambios políticos o sociales.

En Oaxaca, las protestas magisteriales han sido durante décadas una expresión constante de inconformidad y resistencia. Muchas de las conquistas laborales y sociales alcanzadas por distintos sectores no se entenderían sin la presión ejercida desde las calles. Negar el derecho a la protesta sería desconocer la esencia misma de una sociedad plural y democrática.

Sin embargo, el problema surge cuando el ejercicio de ese derecho comienza a afectar de manera severa a terceros que no forman parte del conflicto. El cierre de vialidades, bloqueos prolongados, suspensión de servicios y afectaciones económicas generan un desgaste social que termina trasladando el costo del conflicto a ciudadanos comunes: comerciantes, trabajadores, estudiantes, familias y pequeños empresarios.

En los últimos días, Oaxaca ha vuelto a experimentar ese escenario. Basura acumulada, problemas de abastecimiento de agua y gas, caos vial, pérdidas económicas y afectaciones al turismo son algunas de las consecuencias denunciadas por habitantes y sectores productivos derivadas de las movilizaciones y plantones. A ello se suma el cansancio de una ciudadanía que, aunque reconoce el derecho a exigir demandas, también reclama condiciones mínimas de orden y estabilidad.

Aquí aparece un debate complejo: ¿hasta dónde puede llegar una protesta sin vulnerar los derechos de otros? Porque así como existe el derecho a manifestarse, también existe el derecho al libre tránsito, al trabajo, a la salud, a la educación y a vivir en condiciones dignas.

La solución no pasa por criminalizar la protesta ni por reprimir movimientos sociales. Pero tampoco puede normalizarse que cualquier conflicto termine paralizando ciudades enteras o colocando a la población en medio de disputas políticas y sindicales.

El verdadero desafío para gobiernos y organizaciones sociales es construir mecanismos de diálogo eficaces antes de que los conflictos escalen. Cuando las mesas de negociación fracasan o se prolongan indefinidamente, quienes terminan pagando las consecuencias son miles de ciudadanos ajenos a las decisiones políticas.

También es cierto que muchas veces las autoridades reaccionan únicamente bajo presión pública, lo que alimenta la idea de que sin bloqueos o plantones no hay atención ni respuestas. Esa lógica ha provocado que la protesta radical se convierta, para muchos sectores, en la única vía efectiva para ser escuchados.

No obstante, una democracia madura debe aspirar a algo más: a garantizar el derecho a disentir sin destruir la vida cotidiana de terceros. Protestar no debería significar confrontar a la ciudadanía, sino interpelar al poder.

El reto está en encontrar el equilibrio. Defender el derecho a la manifestación sin ignorar que también existen miles de personas que diariamente ven afectada su economía, movilidad y tranquilidad. Porque cuando una sociedad se acostumbra a vivir permanentemente entre bloqueos, confrontaciones y afectaciones colectivas, el desgaste social termina alcanzando a todos.

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.