Por más goles que se marquen, por más camisetas que se vendan y por más discursos patrióticos que se pronuncien en los próximos días, el campeón del Mundial 2026 ya está definido.
No es México.
No es Argentina.
No es Brasil.
No es Francia.
El gran vencedor se llama FIFA.
Y detrás de ella vienen las plataformas de streaming, los patrocinadores globales, las agencias de hospitalidad VIP, los corporativos turísticos y toda la maquinaria económica que convirtió el futbol en uno de los negocios más rentables del planeta.
El pueblo, ese que hizo grande al futbol en las calles, las canchas de tierra y los barrios populares, fue invitado a la fiesta. Pero no necesariamente a entrar.
Durante décadas se nos vendió la idea de que el futbol era el deporte del pueblo. Hoy, a unos días de la inauguración, la realidad parece distinta: el Mundial más grande de la historia también es el Mundial más caro de la historia.
La propia FIFA prevé ingresos superiores a los 13 mil millones de dólares en el ciclo mundialista 2023-2026, una cifra nunca antes alcanzada por el organismo. Tan sólo por derechos de televisión espera recaudar cerca de 3 mil 900 millones de dólares, mientras que los ingresos por boletaje y hospitalidad rondan los 3 mil millones.
Traducido al español simple: antes de que ruede el balón ya ganaron.
Mientras tanto, para millones de aficionados mexicanos, asistir a un partido es prácticamente imposible.
Los paquetes de hospitalidad más modestos arrancaron entre mil 300 y dos mil 500 dólares por persona. Los paquetes de estadio completo superan los 8 mil dólares. Las experiencias premium alcanzan los 73 mil dólares y algunos palcos privados rebasan los 100 mil dólares.
Hagamos una pausa en los números.
Setenta y tres mil dólares equivalen a más de un millón trescientos mil pesos.
Un millón trescientos mil pesos para ver futbol.
En un país donde millones de trabajadores sobreviven con salarios que no alcanzan ni para cubrir la canasta básica.
Y todavía hay quienes sostienen que ésta es una fiesta popular.
El filósofo francés Guy Debord escribió en La sociedad del espectáculo que el capitalismo moderno ya no vende productos: vende representaciones. Vende emociones. Vende experiencias. Vende símbolos.
Eso es exactamente el Mundial.
Ya no importa únicamente el partido.
Importa la experiencia premium.
Importa la zona hospitality.
Importa el paquete corporativo.
Importa el lounge exclusivo.
Importa el cliente.
El aficionado quedó relegado.
Eduardo Galeano lo advirtió hace años con una frase que hoy suena profética: "el futbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil aquello que no es rentable".
La FIFA entendió perfectamente esa lógica.
Por eso uno de cada siete boletos disponibles para el torneo fue destinado al mercado de hospitalidad corporativa.
El mensaje es brutalmente claro:
Hay espacio para los ejecutivos.
Hay espacio para las marcas.
Hay espacio para los patrocinadores.
Si sobra lugar, entonces entrará la afición.
Pero el negocio no termina en los estadios.
La televisión abierta ya no posee el monopolio de la emoción colectiva. El futbol, como ocurrió con las películas, las series y la música, se fragmentó en plataformas, derechos exclusivos, servicios digitales y modelos de suscripción.
El aficionado ya no sólo paga internet.
Ahora paga aplicaciones.
Paga servicios premium.
Paga transmisiones especiales.
Paga paquetes deportivos.
Paga por seguir viendo aquello que antes formaba parte del espacio público compartido.
El sociólogo Zygmunt Bauman explicaba que la modernidad tardía convirtió a los ciudadanos en consumidores permanentes. El Mundial parece confirmar su diagnóstico.
Ya no se nos convoca como comunidad.
Se nos clasifica como clientes.
Y mientras el negocio florece, México enfrenta una realidad mucho menos glamorosa.
A pocos días de la inauguración, la CNTE mantiene movilizaciones y advierte protestas coincidentes con el arranque de la Copa. Madres buscadoras siguen recorriendo el país en busca de sus desaparecidos. Miles de trabajadores sobreviven en condiciones de precariedad laboral. Comunidades indígenas mantienen conflictos territoriales sin resolver.
Dos países coexistirán durante las próximas semanas.
Uno aparecerá en las transmisiones internacionales.
El otro permanecerá fuera del encuadre.
No es casualidad.
Noam Chomsky ha sostenido que los grandes espectáculos funcionan muchas veces como mecanismos de distracción colectiva, capaces de concentrar la atención pública mientras los problemas estructurales permanecen intactos.
No porque el futbol sea culpable.
Sino porque el espectáculo es útil.
Muy útil.
Mientras millones discuten alineaciones, alguien firma contratos multimillonarios.
Mientras el país debate si México avanzará a octavos, alguien factura miles de millones de dólares.
Mientras la gente canta en las tribunas, alguien convierte esa pasión en rendimiento financiero.
Y ahí está la gran contradicción.
Los aficionados producen el espectáculo.
Las corporaciones cosechan las ganancias.
Los hinchas ponen la emoción.
Los patrocinadores ponen el precio.
Los pueblos ponen la identidad.
Los mercados ponen las reglas.
Por eso el verdadero campeón del Mundial 2026 ya levantó la copa antes del partido inaugural.
No juega en la cancha.
No usa uniforme.
No canta el himno.
No representa a ninguna nación.
Representa al negocio.
Y cuando dentro de unas semanas se apague el último reflector, cuando desaparezcan los comerciales, cuando terminen las ceremonias y se retiren las vallas publicitarias, millones de mexicanos volverán a la misma realidad que dejaron en pausa.
La FIFA, en cambio, se llevará más de 13 mil millones de dólares.
Ese marcador ya está decidido.
